Respiro el mismo oxígeno que ellos. Piso el mismo suelo infectado por su presencia. Esta simple verdad es una náusea perpetua, un ácido que me corroe desde dentro. No hablo de pobres, hablo de una subespecie, de una plaga con forma humana: el *tape*. No es cuestión de piel, que puede ser negra o, peor aún, blanquecina y campesina. Es del alma. Un alma pobre, degradada, una mancha de moho en el tejido de la realidad.
Su mera existencia me repugna. Su forma de ser, su forma de actuar, su forma de tratar a otros —esos gestos torpes, esa mirada vacía, esa incapacidad congénita de ver más allá de su propio ombligo— es un insulto a la conciencia misma. Son un asco biológico. Se conocen, se aparean como bestias en celo, engendran o abortan con la misma indiferencia con que una rata anida en un cloaca. No hay amor, no hay proyecto, solo el instinto bruto de la reproducción y la supervivencia, pero una supervivencia miserable, de cloaca.
Los veo en la ciudad, esos refugiados del campo que trajeron su miseria a metrópolis de hormigón. Se amontonan en departamentos, uno encima del otro, como ratas en un laboratorio de experimentos sádicos. Viven pegados a la pared, en sus propios excrementos sociales, rodeados de una prole igual de despreciable. Son una infestación vertical. Prefiero mil veces la compañía de las ratas reales; al menos ellas tienen la dignidad de su propia naturaleza, no la perversión de una humanidad fallida.
Los odio. Odio su hediondez, no solo la del cuerpo sucio, sino la del alma putrefacta. Odio su falta de perspectiva, esa incapacidad absoluta de soñar siquiera con progresar, con ser mejores, con elevar a su familia de la ciénaga en la que nacieron. Son egoístas por defecto, programados para preocuparse solo por lo que cabe en su diminuto horizonte: su pan, su sexo, su televisor basura. El resto del universo no existe para ellos. Y yo, a mi vez, deseo que el universo entero deje de existir por ellos.
Quiero que todo se extinga. No solo este mundo, sino todas sus ramificaciones. El multiverso, el super-hiper-multiverso y cualquier concepción de la realidad que pueda existir. Deseo un colapso total, una implosión final que nos arrastre a todos a la mísera nada perpetua y permanente. Un silencio eterno. Un vacío absoluto. Porque si el precio de la existencia es compartir la realidad con estos seres hediondos, entonces la existencia es un error demasiado grotesco para ser corregido. Solo merece ser borrado.
Que se extinga todo. Que la nada se trague la luz, la materia y el recuerdo mismo de que alguna vez existimos. Sobre todo, el recuerdo de ellos. De los tapes. De esa plaga que convirtió el milagro de la vida en una fosa séptica a cielo abierto. Este es mi deseo. Esta es mi voluntad. Esta es la única solución que le queda a un cosmos enfermo de su propia creación.